La ciudad pinta
 
El fotógrafo barcelonés Mario Brossa presenta aquí algunas
fotos de una de las series realizadas en su ciudad. Desde los
14 años no ha parado de disparar contra la realidad para dar
le otra vida. Esta serie insiste en el lado pictórico que atesoran
ciertas paredes, ciertos cristales, rincones ocultos por excesi-
vamente expuestos a la mirada
            El fragor cotidiano de la ciudad se ha despertado hace una horas. Es una mañana luminosa. La luz tamizada confiere a las cosas una nitidez sin sombras que matiza los detalles.
        Una figura cruza entre coches con la mira fija en el muro de enfrente, como llamado por un susurro. La figura frente al muro acerca a su rostro las manos. En una de ellas, un bulto negro, como prolongación del brazo, con un agujero enmedio. Mira a través del agujero. Un paso a la izquierda, se inclina hacia delante, se balancea. Ahora. Clic.
        Ya la tiene. Durante mucho tiempo, la figura ha ido repitiendo gestos como éstos, robándole al territorio inagotable convertido por la costumbre en anodino, imágenes de una inesperada fuerza.
        La figura sigue su paseo con el botín en el interior del bulto -tercer ojo- apretándolo con una media sonrisa entre unos dedos completamente adaptados a la forma del bulto negro, la cámara.
        Frente al mostrador de la tienda de revelados, se vacía los bolsillos. Dos puñados de rollos de diapositivas ruedan sobre el cristal. Es una tirada de dados, cilíndricos y secretos. Estarán mañana. Nuevo acopio de carretes en los bolsillos, entre recibos amarillos que le da la dependienta.
        Sentado en un banco de las Ramblas recarga la cámara. Luego otra vez hecha mirada, la figura armada se aleja por una calle adyacente, Escudillers. Pasos ganados entre una multitud multicolor y variada. Allí. Una pintada sobre pared blanca hecha con brocha y pintura negra. Recorre cada rincón de las letras a través del objetivo, apuntando. Dispara. Un par de disparos más para rematar. Ya está. De nuevo el gesto innumerable de enrollar la correa entorno de la muñeca.
        "Eso era algo como Klint. A ver qué sale"
        Más adelante ventanas de una casa en construcción. Los cristales mostrando su presencia en unos brochazos que han cambiado la transparencia por paisajes de pintura blanca. En esto, como en las paredes, action painting, field painting, dreeping ... El fotógrafo ve también eso. Pero no lo pinta. Lo arranca de su apariencia de "normalidad". ¿Quién lo pinta? En los últimos tiempos las calles de Barcelona aparecen con galas nuevas. Al graffitti de influencia americana se ha mezclado la rica tradición de creadores de cómics que tiene la ciudad. El resultado es, cuando menos estimulante. El fotógrafo aprovecha a veces rostros dejados por ellos, los dibujantes callejeros, que el azar se encarga de imbricar con el cemento y los desconchones.
        Los cristales pintados forman otra serie, cuyo título "Blanco de España", puede sonar a propio del pop-art, pero el tema es pura pintura.
        El pop pintaba un objeto como si, desde modos diferentes lo estuviera fotografiando. En esta serie, "La ciudad pinta", Brossa fotografía un objeto como si lo estuviese pintando.
        El resultado puede plantear cuestiones como ésta: ¿Hasta qué punto esto es una foto de un cuadro o un cuadro de una foto? O ésta: ¿Se pretende convertir la fotografía en pintura, al contrario de los pintores hiperrealistas?
        Respuesta de la voz narradora: No seré yo quien disipe el picante sabor de la ambigüedad. De estas fotos se pueden hacer bellos cuadros de fotos que pueden a su vez ser leídos como "fotos de cuadros", aunque en realidad esos cuadros no existieron nunca como tales. Por eso mismo en estas fotos se muestra aún más obviamente el poder de aprehender una parcela subjetiva de la realidad que es consustancial a la fotografía. Con esto quede contestada la segunda cuestión.
        El fotógrafo va pasando por las horas del día y ellas van dando cabida a otros asuntos; entre ellos trabajos de encargo; fotos para postales, para folletos turísticos, para moda. También retratos de amigos y de árboles.
        De noche, la cámara que dispara y su dueño reposan su carga de imágenes. Por la mañana llega el momento de volver al laboratorio, a recoger las diapositivas reveladas. Ahora buscar un bar acogedor donde desayunar y enseguida abrir las cajitas de plástico, repletas de pequeños rectángulos iluminados. Casi instintivamente, una primera clasificación compone un montoncito de fotos desechadas. Dentro del rectángulo que los cuatro ángulos limitan, cualquier objeto ya es otro, esos fragmentos ya no son los de ayer. Han intervenido multitud de factores, desde la manipulación del laboratorio a la luz incidente en ese instante y en ese fragmento del caos que puede ser un muro.
        La fotografía, ese arte del gran engaño. Quizá en ello se basa hoy su misteriosa entidad, en no mostrar el espejo del mundo que perciben nuestros sentidos. Estas fotos ignoran voluntariamente el juego que dan la profundidad y el volumen. Todo está en el plano. Pero el plano es plástico. Ante ellas, el espectador puede sentir el placer de mirarse descubriendo un cuadro. Todo se hace pintura. Hasta el tiempo, que también va pintando con sus elementos, hasta esos girones de papel que fueron carteles no importa cuando. Pero son fotografías. Y del fondo de ellas va surgiendo otra suerte de planos recreados por el color, la textura, y ante todo por el tratamiento de la luz.
        El fotógrafo ha terminado su desayuno y la contemplación de las fotos. Mientras las va recogiendo y sale, va cobrando cuerpo en su mente la idea de publicar algunas con un texto. Llama por teléfono a Madrid a una amiga que conoce las fotos y tal vez podría escribirlo.
        He aceptado inmediatamente.

        Pilar R. Novo

                                                                       marius@brossa.org