Brossa

                                                  Pintura
     
    1998: De persona a persona    Alberto Costa Romero de Tejada
     

            Mario Brossa procede de una familia de alquimistas comprometidos en transformar el sentimiento en sustancia. Cuando le conocí, al final de los fructíferos sesenta, era un adolescente que buscaba su identidad trotando sin aliento enganchado a una cámara fotográfica. Mantenía también un diálogo con las fuerzas sobrenaturales. Su instinto era certero pues la cámara ha permanecido siempre a su lado y los espíritus le han guiado en el difícil camino de la vida.

            Treinta años mas tarde, la fidelidad a su empresa ha adquirido tintes rojos, amarillos y azules. Es fácil encontrar en su pintura referencias del expresionismo alemán o de cualquier otro, pero lo único cierto es que Mario Brossa pinta sin referencias. La memoria le conduce a la mujer que ha querido, la mirada a su hija presente y, cerrando los ojos, lee en su cerebro los colores de los sentidos alterados. La energía de su cuerpo se proyecta sobre otros cuerpos, se propaga por ósmosis e impregna el espacio que abarca su conciencia. Carne esquemática, objetos descritos con trazo instintivo, color de sueño, ¿qué importa lo exterior?

            La pintura de Mario Brossa debe ser mirada adecuadamente, pues los criterios convencionales que son útiles para juzgar el desconcertante arte contemporáneo no son válidos cuando se aplican a sus creaciones. Él pinta por necesidad, construyendo el cuadro con el gesto prístino del inventor, ennobleciendo el viejo arte de representar. Esta es la causa que tensa el lienzo: la inquietud que oculta, cuya significación última sólo conocen los espíritus que la alimentan.

    Alberto Costa Romero de Tejada

                                                                    marius@brossa.org