por Fernando Carbonell
¿Dónde había yo visto antes
aquel conejo? Debí
garabatearlo mientras recibía algún
recado al teléfono y toda
la mañana me estuvo distrayendo desde
el taco del calendario.
Me recordó al perrito olímpico.
Probé a dibujarlo otra vez, y
desde entonces ¡cómo me relajaba
dibujarlo de una y otra forma!
Sobre todo en los momentos en que se hacia más
irritante el esperar,
muerto de hambre, la hora de fichar y salir de
la oficina.
El
taco se me fue llenando de conejos. Tuve que arrancarle
muchas hojas, por Nuria, mi compañera
de despacho. No sólo
conejos. Me fui encontrando después en
las hojas del taco todo
un rastro de palabrotas. No sé, y me aliviaba
repetirlas, a escon-
didas -Parece mentira, parezco mi sobrinillo-
A veces hacía como
que llamaba a algún sitio, decía
en alto sí ... sí ... y pintarrajeaba
con la mirada perdida en el papel y el rabillo
del ojo en Nuria.
Inscripciones ininteligibles, letras inexistentes
y hasta expresiones
en inglés fueron surgiendo.
He
llegado a cogerle un interés nuevo a eso de ir a la oficina.
¿Morboso? Me empezó a apetecer
muchísimo dibujar el conejo
en la pared del cuarto de baño. Pero el
otro día al salir de casa,
había pintada en una tapia una chica,
desnuda; pensé en Nuria, mi
compañera y vecina, no sé.
Y veo la pinturita todas las mañanas
desde entonces. Así que no sé por
qué, antes de irme hoy a la oficina,
me dio un impulso y le he dibujado a Nuria mi
conejo en el mismísimo
taco de su calendario, en su mesa. ¡Me
salió estupendo!
Velocidad.
Casi todos los días, al volver del colegio,
me entretengo
un rato en un solar que hay cerca de casa y juego
a la pelota. Los
chicos mayores pasan por allí con sus
patines, pero allí no se puede
patinar, claro. Otros aprenden a jugar al béisbol
contra la tapia. A
veces, cuando se van mis amigos o me canso, me
siento en la cartera
a verlos jugar y pienso. Sí, en el colegio,
en mi cumpleaños, en las
pinturas del fondo. El otro día, una que
no había visto antes me miró.
Bueno, era un chico abrazado a una chica, la
chica me miró y me guiñó
un ojo y yo me puse colorado.
Estaba
al lado de donde pone "speed" con letras alucinantes, que
a mi me parecía que debía significar
"pedo". La chica es la novia de
Corto Maltés, que la mira desde lejos,
desde el extremo de la tapia, y
no sé que hace con ese ahora, será
como en las películas, lo abraza
con brazos y piernas y ya me mira a mí.
Lo querrá para esconderlo
en un armario y sacarlo un rato de cuando en
cuando. Cuando me
encierro en mi armario,
veo esa cara roja con la que he soñado
varias veces.
Lo querrá para, al final, encerrarlo en
una fosa nasal. Me enteré
el otro día de qué es una fosa
nasal,
pero para mí siempre será como
una cueva grande, oscura y misteriosa, como de
terciopelo o algo así,
a veces submarina.
Esta
tarde, al pensar en volverme, me di cuenta de que aquél era
mi tío, él no me había visto.
Había estado mirando la tapia desde hacia
un buen rato, sobre todo miraba a un gran punto
negro pintado. Lo mi-
raba. ¿Qué estaría allí
viendo? Pero al alejarme de puntillas, me pareció
que en el centro del punto había un agujero.
Autor.
Aún ando buscando al que la otra noche
me dejó ... ¡guau! OK
y OK .. ¡sonada! La noche iba de puntillas,
las dos últimas que había
hecho, flipantes. Fui por primera vez sola. Al
principio era un corte, pero
estuvo bien la cosa; llegué hasta Diagonal.
Y me dio un buen susto, estaba
oscuro y yo ya estaba apurando el spray hasta
las últimas. Noté en su voz
que iba de lo mismo. La verdad es que estuvo
fantástico. No hablamos
casi nada. ¡Y yo con las manos todas pintadas
...!
Sí
me dijo algo: que al fin me había encontrado. Y que ahora me
dejaría mensajes junto a mis pintadas,
que le eran inconfundibles, que
así podría encontrarlo y saber
quién era él.
Creo
ya haber recorrido por lo menos cincuenta veces palmo a
palmo todas las tapias y paredes de la ciudad.
Así, he ido cada vez
pintando menos y mirando más, y he descubierto
muchas cosas; citas,
a montones; asaltos; desafíos; admiradores;
pandillas; liderazgos; terri-
torios; compromisos; abandonos; generaciones.
Al fin, creí haber dado
con la pista que buscaba e identificado a su
autor. Le he seguido el rastro,
detecté en él alguna incomprensión,
alejamientos, arrepentimientos y acer-
camientos. Le he seguido sus evoluciones hasta
dar con los rasgos más
esenciales de su grafismo, sin que a todo este
él haya aún aparecido. Pero
esta noche, la verdad, ese grafismo suyo al que
me habían conducido mis
investigaciones, de pronto, no me ha parecido
más que un chorreo casual
que veo repetido por cualquier sitio de una u
otra forma sin que parezca
responder a nada concreto ni por supuesto a nadie.
No sé si dejarlo.